El catequista de las nubes
Un joven le dijo a su catequista que había dejado de creer en Dios porque no lo veía.
Entonces, el santo catequista aprovechando el día nublado, le preguntó al insensato (El insensato dijo en su corazón: "No hay Dios". Salmo 14, 1):
-¿Podés ver al hermano Sol?
-No, contestó a secas, algo distraído por el viento.
-¿Por qué?
-Porque las nubes lo tapan.
Viendo que el joven ya se acercaba a la comprensión, con los ojos llenos de bondad el catequista volvió a preguntar:
-¿Y por qué podés ver las nubes?
-Por el Sol, respondió el joven con voz suave.
Ciertamente, amigo, sin luz no veríamos nada. Pero es tan humilde la Luz que no mostrándose a sí misma, sin embargo, muestra todo lo demás.
15 de Agosto del año del Señor de 2018, Fiesta de la Asunción de la Virgen María al Cielo.
Escritos Místicos
miércoles, 15 de agosto de 2018
martes, 10 de julio de 2018
Contemplación y Verdad-Bondad-Belleza
"En la intersección de estos tres rayos brilla el amor". Todo el mundo cree saber lo que está bien y lo que es verdad..., y la belleza se tornó camino olvidado. En todas partes la fealdad asoma goteando su pobredumbre. La verdad y el bien parecen ser puertas cerradas para el hombre de nuestro tiempo. Quizás sólo después de limpiar la mirada podamos recuperar este reino olvidado. Pero, ¿cómo?
La belleza nos detiene, nos para, nos saca fuera de nosotros mismos en éxtasis. Es forzoso detenerse a contemplar alguien-algo bello.
La belleza se renueva en nosotros renovándonos: no podemos encasillarla ni encasillarnos en la belleza-temporal que fue vista una vez y para siempre. La belleza-eternal nos llama a trascender el "una vez para siempre" porque necesitamos andar con ella siempre, no una vez, sino, muchas veces, que es lo mismo que decir todas las veces.
"Comienza contemplando -aconsejaba ya Platón- primero los objetos bellos-de-ver, sigue con los cuerpos-humanos hermosos, y luego con las ideas (visiones arquetípicas)". San Juan de la Cruz llamaría a esto ir de las criaturas al Criador. San Francisco iba del uno al otro después de contemplar el cielo desde la tierra: Criador y Criaturas contempladas en el amor-unión.
Esto lo salva todo, nos libera de las ataduras espacio-temporales que por sí mismas no explican nada. Este instinto de distinción de la belleza que todos tenemos es el conocimiento divino implícito en nosotros mismos. Incluso podríamos decir que es Dios mismo, porque todo es en él, por él y para él. Dios es real, vivo, y todo lo vivo vive de él. Acaso un día nos asombraremos al descubrir algo que no entendemos pero que podemos escribir: "Sólo Dios es real y vivo. Yo soy Dios, no soy yo". Ese es el verdadero acto de humildad.
La belleza nos detiene, nos para, nos saca fuera de nosotros mismos en éxtasis. Es forzoso detenerse a contemplar alguien-algo bello.
La belleza se renueva en nosotros renovándonos: no podemos encasillarla ni encasillarnos en la belleza-temporal que fue vista una vez y para siempre. La belleza-eternal nos llama a trascender el "una vez para siempre" porque necesitamos andar con ella siempre, no una vez, sino, muchas veces, que es lo mismo que decir todas las veces.
"Comienza contemplando -aconsejaba ya Platón- primero los objetos bellos-de-ver, sigue con los cuerpos-humanos hermosos, y luego con las ideas (visiones arquetípicas)". San Juan de la Cruz llamaría a esto ir de las criaturas al Criador. San Francisco iba del uno al otro después de contemplar el cielo desde la tierra: Criador y Criaturas contempladas en el amor-unión.
Esto lo salva todo, nos libera de las ataduras espacio-temporales que por sí mismas no explican nada. Este instinto de distinción de la belleza que todos tenemos es el conocimiento divino implícito en nosotros mismos. Incluso podríamos decir que es Dios mismo, porque todo es en él, por él y para él. Dios es real, vivo, y todo lo vivo vive de él. Acaso un día nos asombraremos al descubrir algo que no entendemos pero que podemos escribir: "Sólo Dios es real y vivo. Yo soy Dios, no soy yo". Ese es el verdadero acto de humildad.
¿Hace falta acaso discutir acerca de verdades nominales? ¿Hace falta acaso discutir de bondades morales? El brillo del amor es la belleza. Brillemos como el Sol, nada más bueno y verdadero que su luz.
¿En qué consiste el encanto de todo ser? Resulta difícil expresarlo, pues el encanto no se define. Es una cierta presencia de la persona más allá de sus límites, como la irradiación de ciertos rostros puros. Consiste también en una cierta facilidad de los gestos, de las palabras, de las obras, de las conductas, incluso las más sacrificadas, que hace que lo que constituye un ser parezca un juego divino, brotado de él sin esfuerzo y por comunicación con la fuente del Bien. Un ser que nos encanta hace desaparecer las contracciones, los pliegues, las retiradas, los temores ante el peligro, el miedo a los otros; más aún, quizás hasta el miedo que tenemos de nosotros mismos. Nos desata, nos libera del peso interior; con ello nos vuelve disponibles para una llamada más alta, la de Dios, que debe poseer, en el más alto grado imaginable, el atributo que llamamos, en lengua humana, el encanto: no cabe duda de que no es posible ver a Dios, «aunque fuera un instante», sin saltar fuera de nosotros mismos, atraídos, aspirados por su Belleza. Jean Guitton, El genio de Teresa de Lisieux.
viernes, 6 de julio de 2018
Ser Amigo de Dios
Eran estos dos cortesanos de los llamados agentes de negocios. Lleno entonces repentinamente de un amor santo y casto pudor, airado contra sí y fijos los ojos en su compañero, le dijo:
Dime, te ruego, ¿adónde pretendemos llegar con todos estos nuestros trabajos? ¿Qué es lo que buscamos? ¿Cuál es el fin de nuestra milicia? ¿Podemos aspirar a más en palacio que a amigos del César? Y aun en esto mismo, ¿qué no hay de frágil y lleno de peligros? ¿Y por cuántos peligros no hay que pasar para llegar a este peligro mayor? Y aun esto, ¿cuándo sucederá? En cambio, si quiero, ahora mismo puedo ser amigo de Dios.
Confesiones, X, 6.
San Agustín.
San Agustín.
Comentario: Casi todo lo que hacemos lo hacemos por hacer o porque eso es lo que se hace. Cuando alguien nos corrige nos volcamos contra esa persona y gritamos: ¡Yo sé lo que hago! ¿Pero, sabemos de verdad lo que hacemos? ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Hacemos lo que hacemos para sentirnos bien?
Tenemos que ir al fondo de nuestras motivaciones inconscientes, que nos amarran a proyectos falsos que nos hacen sufrir. Sufrimos sin saber de qué sufrimos; y llegamos a decir que el sufrimiento es la misma índole de la vida. Sufrimos porque no podemos tener lo que tanto deseamos: una casa, el último smartphone, ser gerente general, una bella mujer, un hombre exitoso, etc. Y si conseguimos lo que deseamos, ya no lo deseamos más, se vuelve insuficiente o requerimos de ello dosis más altas: dosis más altas de lo mismo. Pero no se nos ocurre que eso mismo que nos consume es lo que nos agobia y que nos hace infelices. Y nos agarramos a lo malo conocido. Por ello es necesario renunciar a ese falso proyecto, a esa ilusión de felicidad que no es segura. Ahí cobrarán pleno sentido estas palabras de San Juan de la Cruz: No tener nada, para tenerlo todo.
Te alabo, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios y a los ricos, y se las diste a los sencillos y a los humildes. La Verdad está más cerca de lo que jamás creímos: en ella somos. Hace falta tan sólo desear la Verdad de verdad. "En cambio, si quiero, ahora mismo puedo ser amigo de Dios".
La Condición humana según Thomas Keating
¿Dónde estás? Esta es una de las grandes preguntas de todos los tiempos, y el núcleo de la primera mitad del camino espiritual.
Los estudiosos y los lectores de la Biblia recordarán que ésta es la pregunta que Dios hace a Adán y Eva, en el capítulo 3 del Génesis, cuando se esconden entre los arbustos tras haberle desobedecido. Él los llamó y les dijo: “Adán ¿dónde estás?”. Estaban escondidos entre los árboles, y Dios los buscaba. Adán respondió: “Oímos tu voz, y tuvimos vergüenza, porque estamos desnudos”. Y Dios preguntó: “Cómo supisteis que estabais desnudos?”.
Esta preciosa narración no se refiere sólo a Adán y Eva. Tiene mucho que ver con nosotros, pues en ella se nos revela dónde estamos. La misma pregunta se dirige a cada generación, a cada época, a cada persona. En cada momento de nuestra vida Dios nos pregunta: “¿Dónde estás? ¿Por qué te escondes?”.
Todas las cuestiones fundamentales para la felicidad humana surgen cuando nos hacemos a nosotros mismo esta insoportable pregunta: ¿Dónde estoy? ¿Dónde estoy en relación con Dios, conmigo mismo y con los demás? Estas son las preguntas básicas de la vida humana.
Si respondemos honestamente, hemos empezado la búsqueda espiritual de Dios, que es también la búsqueda de nosotros mismos. Dios nos pide que afrontemos la condición humana, que salgamos de entre los árboles a la plena luz de la intimidad con él. Este era el estado de Adán y Eva antes de su desobediencia. Cuando se dieron cuenta de la pérdida de la intimidad con Dios, se dirigieron hacia el bosque. Tuvieron que esconderse de Dios porque la pérdida de la intimidad y de la unión con él de la que habían disfrutado en el paraíso les hacía sufrir.
A veces ayuda recordar un relato de otra tradición espiritual. Yuxtaponiendo ambas narraciones podemos encontrar una nueva luz. El siguiente cuento sufí habla también de la condición humana. Dice así:
Un maestro sufí había perdido la llave de su casa y la buscaba en el césped que estaba delante de la puerta. Se puso a cuatro patas y empezó a deslizar los dedos entre las briznas de la hierba. Algunos discípulos pasaron por allí y le preguntaron: “Maestro ¿qué haces?”. Él contestó: “He perdido la llave de mi casa”. Dijeron: “¿Quieres que te ayudemos?”. Respondió: “Por supuesto, os lo agradeceré”. Y se pusieron a cuatro patas a buscar entre la hierba. Cuando empezó a hacer calor, uno de los discípulos más inteligentes preguntó: “Maestro, ¿tienes idea de dónde has perdido la llave?”. El maestro respondió: “Sí. La he perdido dentro de la casa”. A lo cual dijeron ellos: “Entonces, ¿por qué la estamos buscando aquí afuera?”. Y él contestó: “Es que aquí hay más luz”.
Hemos perdido la llave de nuestra casa. Ya no seguimos viviendo en ella. No experimentamos la inhabitación divina. No vivimos la intimidad con Dios que Adán y Eva disfrutaron en el paraíso y de que gozaba el maestro sufí antes de perder la llave.
En este cuento, la casa representa la felicidad, que es la intimidad con Dios, la experiencia de su presencia amorosa. Sin esta experiencia apenas hay nada que funcione; con ella, casi todo marcha bien.
Esta es la condición humana, estar sin la verdadera fuente de felicidad, que es la experiencia de la presencia de Dios, y haber perdido la llave de la felicidad, que es la dimensión contemplativa de la vida, el camino hacia el gozo y la consciencia de la presencia de Dios. Buscamos desesperadamente la felicidad donde no podemos encontrarla. La llave no está en el césped, la hemos perdido dentro de nosotros mismos. Y ahí es donde tenemos que buscarla.
La principal característica de la condición humana es que todo el mundo busca la llave y nadie sabe dónde encontrarla. La condición humana es, pues, tremendamente patética. Si alguien necesita ayuda para buscar la llave donde no está, seguramente la conseguirá, porque todo el mundo busca la llave en el sitio equivocado: donde hay más luz, más placer, más seguridad, más poder, más aceptación por parte de los demás. Somos solidarios en una búsqueda en la que no tenemos ninguna posibilidad de encontrar lo que estamos buscando.
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Tres cuentos para el silencio
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